domingo, 12 de julio de 2026

La precarización que nadie puede naturalizar


El rescate de trabajadores rurales en un establecimiento de Coronel Dorrego volvió a poner sobre la mesa una realidad que Argentina conoce desde hace décadas, pero que todavía no logra erradicar. La historia no expone únicamente un caso de precarización laboral; también deja al descubierto un modelo de explotación que vulnera derechos básicos y que, en muchos casos, permanece oculto detrás de los alambrados.

Según relató Ariel Piangatelli, titular de UATRE en Bahía Blanca, el sindicato intervino la semana pasada tras detectar numerosas irregularidades en el establecimiento. Los inspectores confeccionaron las actas correspondientes y dialogaron con el empleador. Sin embargo, pocos días después, uno de los trabajadores se comunicó con el gremio para denunciar que él y sus compañeros habían sido expulsados del lugar de manera intempestiva. La organización volvió al campo, logró alcanzar un acuerdo con el empleador, aunque uno de los trabajadores debió abandonar definitivamente el establecimiento.

El panorama que describió Piangatelli resulta alarmante. El hombre recibió asistencia inmediata, traslado hasta Bahía Blanca y alimentos porque su estado era muy delicado. Las condiciones laborales y habitacionales distaban por completo de cualquier estándar mínimo de dignidad.

La denuncia señala jornadas de hasta 16 horas diarias a cambio del jornal mínimo, dinero que ni siquiera llegó a manos de los trabajadores. La vivienda carecía de agua potable y de instalaciones sanitarias. Los alimentos dependían exclusivamente del empleador, tampoco existían herramientas adecuadas para realizar las tareas y el refugio no ofrecía protección frente a las bajas temperaturas. En un momento, algunos trabajadores optaron por viajar a Bahía Blanca para pasar la noche en la terminal de ómnibus antes que permanecer en esas condiciones.

Como si ese escenario no resultara suficiente, una frase atribuida a la esposa del empleador terminó por reflejar una mirada que trasciende este caso particular. Según Piangatelli, la mujer afirmó que "estos negros viven mejor acá que en sus propios ranchos". La expresión no solo expone un profundo desprecio hacia quienes trabajan la tierra; además evidencia la naturalización de prácticas que atentan contra la dignidad humana.

El dirigente sindical sostuvo que este tipo de situaciones no constituye una excepción. Viviendas en estado deplorable, trabajadores sin registrar, menores fuera del sistema educativo y casos de trabajo infantil forman parte de un problema estructural que aún persiste en distintas regiones del país.

Los datos oficiales respaldan esa preocupación. El Registro Nacional de Trabajadores Rurales y Empleadores (RENATRE) y el Comité Ejecutivo para la Lucha contra la Trata y Explotación de Personas participan cada año en operativos de fiscalización que detectan miles de irregularidades laborales en establecimientos agropecuarios. A su vez, el Registro Nacional de Trabajadores Rurales estima que una parte importante del empleo rural argentino continúa en condiciones de informalidad, una situación que facilita los abusos y dificulta el acceso a derechos laborales básicos.

La producción agropecuaria representa uno de los principales motores de la economía argentina. Ese aporte, sin embargo, pierde legitimidad cuando parte de su rentabilidad descansa sobre trabajadores sometidos a condiciones indignas. Ningún resultado económico puede justificar jornadas extenuantes, salarios impagos o viviendas que no reúnen los requisitos mínimos para la vida.

También resulta necesario comprender que estos hechos no obedecen únicamente a la conducta de un empleador. Cuando la explotación logra instalarse como una práctica habitual, aparecen responsabilidades compartidas. El Estado debe fiscalizar con mayor presencia, la Justicia tiene la obligación de actuar con rapidez y firmeza, las organizaciones sindicales deben sostener la defensa de los trabajadores y la sociedad necesita dejar de mirar hacia otro lado cada vez que una denuncia involucra al sector rural.

La imagen del campo argentino suele asociarse con esfuerzo, producción y desarrollo. Esa identidad solo puede sostenerse cuando quienes hacen posible esa riqueza reciben un trato digno. De lo contrario, cada rescate deja al descubierto una contradicción imposible de ocultar: mientras el país celebra sus cosechas, todavía existen personas que trabajan como si sus derechos no existieran.

Lo ocurrido en Coronel Dorrego no debería convertirse en una noticia más. Debe funcionar como una advertencia y, sobre todo, como un llamado a la acción. La explotación laboral no admite matices ni excusas. Tampoco puede naturalizarse detrás de un alambrado.

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