NOTA DE EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES EN CENITAL
Gianni Infantino, presidente de la FIFA, es El Mago del Kremlin. Su Mundial inflado y finalmente exitoso de 48 selecciones, 104 partidos y tres anfitriones, tendrá ahora semifinales soñadas. Por un lado del cuadro, Francia-España: las selecciones de juego más elaborado en lo que va del torneo. Por el otro, Argentina-Inglaterra.
Ayer se definió la segunda semifinal. En el primer turno, Inglaterra venció 2–1 a Noruega en el infierno de Miami y con un primer gol que debió ser anulado porque la pelota, insólitamente, frenó su trayectoria por un cable alto de la TV. A continuación, en Kansas City, la selección cumplió con su ritual de sufrimiento y le ganó 3–1 en tiempo extra a una Suiza que debió jugar casi cincuenta minutos con un jugador menos por la expulsión de su atacante nacido en Camerún Breel Embolo, que dejó la cancha bajo crisis de llanto. La enorme polémica que generó su legítima expulsión contrastó con la ilegalidad del gol inglés (“El Cable de Dios”, ironizaron muchos). No importó. Buena parte de la prensa global, además del mundo cada vez más espantoso de las llamadas redes sociales, bramó otra vez contra “la FIFA argentina” de Infantino, acusada de manipular para que otra vez Leo Messi levante la Copa como en Catar.
La teoría de la conspiración es arrasadora. ¿Infantino es suizo y no duda en perjudicar a la selección de su país? ¿Tampoco la propia FIFA, que tiene su sede histórica en Zurich? La coalición de izquierda y ecologista que gobierna en la ciudad había autorizado ayer solo una hora de festejos apenas terminara el partido con Argentina, plena madrugada en Suiza. Cumplida la hora, volverían a regir “las normas ordinarias de silencio nocturno”. No fue necesario aplicarlas. Aun jugando su peor partido del Mundial, la selección amargó la fiesta de una hora de relojito suizo.
Infantino, igualmente, celebró en la intimidad. Las semifinales doradas eran lo único que faltaba para su éxito. Para que la FIFA, entonada, anuncie ya sin disimulos que el próximo Mundial de 2030 podría ampliarse a 64 selecciones. Y para que todos olvidemos también la tarde en la que Donald Trump lo dejó en ridículo no solo a él, sino al fútbol todo. Cuando levantó la sanción de Folarim Balogun, atacante estrella de una selección de Estados Unidos que se despidió goleada de su Mundial y desperdició una oportunidad de oro para darle un empujón final al soccer en Estados Unidos. El país volvió a lo suyo. Retomó los bombardeos a Irán y el ICE siguió matando ciudadanos inocentes.
Amanecimos ayer en Kansas City (luego de trece horas de viaje en auto desde Dallas, cruzando el río Missisipi, un Estados Unidos más profundo del sur y del Medio Oeste, llanuras grandes y cuerpos también grandes) con la noticia de la muerte del mítico Antonio Ubaldo Rattín. Capitán ídolo de Boca, pero capitán también de la selección argentina que cayó ante el anfitrión Inglaterra 1–0 en cuartos de final del Mundial de 1966. La muerte fue acaso el aviso de la semifinal que casi todos deseábamos. Porque Rattín sufrió una expulsión polémica en Wembley y dejó la cancha estrujando un banderín de la Union Jack y sentándose luego en la alfombra real, gestos de rebelión maradoniana, aunque el ex capitán, en realidad, fue siempre un gran admirador del Reino Unido.
El brazalete negro que usó la selección ayer en su homenaje remitía al Mundial 66. Pero también a cuarenta años del duelo de México 86, Mano de Dios incluída. Al morbo que recuerda Invasiones Inglesas, Malvinas, Rattín, Diego, David Beckham, penales, tarjetas rojas y partidos de una electricidad única. Curiosamente, Messi, goleador inesperado del Mundial con 39 años, jamás fue parte de esta historia. El miércoles podrá escribir un capítulo propio. Jugará por primera vez contra la selección inglesa. Y por un boleto a la final.
Morbo al margen, Argentina-Inglaterra es un duelo fascinante. Porque los ingleses, inventores del fútbol, disciplinaron el juego en sus escuelas de élite. Había que ir a la escuela para aprenderlo. Todo lo contrario de la Argentina, donde había que faltar a la escuela para aprender a jugar al fútbol en el potrero. “El fútbol se habrá jugado por primera vez en Inglaterra, pero fue inventado en Argentina”, afirmó algún escritor más de medio siglo atrás, cuando nuestra jactancia nos hacía creer que aquí se jugaba el mejor fútbol del mundo, aunque los Mundiales fueran un fracaso tras otro.
Ayer, lejos de su nivel de Catar, y lejos también del “potrero”, la selección de Lionel Scaloni fue lenta y rutinaria contra una Suiza rocosa pero limitada, a la que sin embargo cedió por largos pasajes el terreno y la pelota. La expulsión infantil de Embolo cambió el trámite cuando Suiza había igualado 1–1 y atravesaba su mejor momento. Es curioso como buena parte de las crónicas de la prensa internacional describen el episodio, solo aceptando sobre el final del relato que la expulsión fue correcta. No hay modo. Hay jactancias propias que irritan, es cierto, y también algunos otros factores que exceden al fútbol. Pero no alcanzan para justificar tamaña “argentofobia” (así la llamó un colega) de este Mundial.
Sin jugar bien, claro, la selección está disputando los partidos más emotivos del torneo. Así fue en la victoria dramática de dieciseisavos de final contra Cabo Verde, 3–2 en tiempo extra. Y también en el triunfo siguiente, otra vez 3–2, frente a Egipto, una reacción inédita en la historia de las Copas Mundiales: dar vuelta un 0–2 a solo doce minutos del final, desvalorizado porque otra vez el VAR ayudó a nuestra selección, como había sucedido con otros en otras ocasiones (Portugal ante Croacia fue solo el más claro), y sin que nadie dijera “trampa” o que, como dijo el alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, “a Egipto la robaron”.
Pareció que ese triunfo agónico ante Egipto embalaría a la selección. No fue así. El equipo de Lionel Scaloni (que se mantiene aferrado a su formación base, a sus soldados de Catar) fue ayer otra vez vulnerable en defensa, errático en el mediocampo y dependiente de Messi en el ataque. La salvó, otra vez, su enorme instinto de supervivencia. Y el bombazo de Julián Alvarez.
El box de prensa del estadio de Kansas City explotó. Porque creímos, acaso, que el formidable cabezazo inicial de Alexis MacAllister a los diez minutos (décima asistencia, otro récord absoluto de Messi) simplificaría todo. Que no volveríamos a sufrir. Pero llegó el merecido empate de Dan Ndoye a los 67’. Y Suiza, ya con diez por la expulsión de Embolo a los 72’, recordó que fue en su patria — y no en Italia — donde se inventó el cerrojo defensivo llamado “catenaccio”. Se defendió en su trinchera.
Ir a los penales no era una buena opción para Argentina. Por suerte, aparecieron los dos nueves que fabrican goles por Europa, pero que tenían un Mundial discreto. El golazo de Julián a los 112 y el cierre de Lautaro Martínez a los 120’ fueron decisivos para una selección con gol pero sin juego, que a muchos remite a aquella de Italia 90 porque avanza a pura épica, y a otros a la de Brasil 2014, porque gana ajustado y sufriendo. Otros admiran su temple, su vergüenza de campeón. Y muchos más aman a Leo Messi. Van con su camiseta a todos los estadios. Estadounidenses, asiáticos y latinoamericanos.
Como sea, Argentina es la selección que más puntos suma en Copas Mundiales desde la primera conquista de 1978. Tres títulos y dos finales más. Ahora (debería mejorar su juego) tiene derecho a soñar con una cuarta corona. Aunque se enojen algunos.(12-07-26).

No hay comentarios.:
Publicar un comentario