Nota escrita por Fabián Enzo Barda en la revista Todo es HistoriaA partir del golpe de Estado de 1930 se cristaliza en el discurso oficialista una exaltación de la nacionalidad con claros ribetes autoritarios. El camino se había iniciado antes, en la década de 1920, cuando comienza a tener visibilidad un nacionalismo autoritario reflejado en la prédica de Manuel Carlés y la creación de la Liga Patriótica, y en el viraje ideológico de un poeta de la valía de Leopoldo Lugones.
En el afán de una nueva “argentinización de la cultura” se cae en un nacionalismo autoritario, diferente del “cosmopolitismo” de finales del siglo XIX, que también había sido una política de argentinización con el objetivo galvanizar a la sociedad conformada porcentualmente por una gran masa de inmigrantes.
En el distrito de Coronel Dorrego, sudoeste de la provincia de Buenos Aires, la ejecución de la política educativa, de la mano del gobierno provincial y de políticas locales marchaba en esa senda utilizando a la escuela pública como un vehículo de uniformización. Se trata, ni más ni menos, de la construcción de un nuevo discurso de la Patria, o con menos ambición, un “aggiornamiento” en consonancia con los vientos que soplaban en Europa e iban llegando a América Latina.
El presente trabajo analiza la construcción de símbolos y rituales en un momento de la historia argentina que se extiende entre 1930 y 1943, autodenominado “Restauración Conservadora”. Precisamente esta categorización nos lleva a la búsqueda de aquellas acciones para la imposición de símbolos y rituales que, en el afán de “restaurar” una idílica República que habría funcionado desde 1880 hasta 1916, no tienen el mismo sesgo, y generan una gran cantidad de símbolos y ritos que no opacan ni logran la trascendencia de los producidos por la “República Conservadora”, más cercana a los procesos de la organización y consolidación del Estado Nacional.
Las etapas reconocidas como “conservadoras”, más allá de los intentos de la república de la década del ´30 de abrevar en la tradición de su homónima del siglo XIX y principios del siglo XX, tienen características totalmente diferentes. Un contexto histórico sin comparación posible, objetivos diferentes en cuanto a la utilización de los símbolos y ritos como instrumentos políticos hacen que esas dos “Repúblicas” difieran en el contenido del relato político que impusieron. Entre 1880-1916 se buscaba instalar un proceso de “argentinización” de la sociedad producto de un contexto marcado por la afluencia de inmigración masiva y la necesidad de consolidación del Estado Nacional; en cambio, entre 1930 y 1943, si bien los instrumentos fueron similares, los símbolos y ritos que impusieron, buscan un sesgo más nacionalista influido por los cambios que se experimentan en el mundo a partir de la “Paz de Versalles”, los cuestionamientos a la democracia liberal y la crisis económica de 1930, que alcanzaron también a América Latina.
Símbolos y ritos
López Lara sostiene que ya la sociología weberiana distinguía entre formas de acción racional y no racional admitiendo que algunos elementos aparentemente irracionales se deben entender en una configuración social particular, con creencias y valores específicos. Esto lo lleva a considerar que el paradigma del hombre político racional, las representaciones colectivas y las representaciones transmitidas por los símbolos y los ritos, es una distinción que merece reconsiderarse; debe reconocerse que no todas las acciones rituales y el simbolismo son expresiones de la irracionalidad política. La cultura política está impregnada por una forma de comunicación que convierte a los significados y símbolos como un factor predominante1.
Es en la tradición durkheimiana donde el ritual es un mecanismo que produce creencias colectivas reflejadas en la estructura social. Las creencias rituales imposibilitan comprender el contexto simbólico en que se inscriben las acciones humanas, y por ende, interesa también su forma de propagación y el efecto en la integración de la sociedad.
Esta teoría ha cobrado gran influencia porque ubica los actos rituales con la elaboración de creencias, el reforzamiento de las normas de la tradición y con fenómenos de emotividad colectiva. No hay duda, para López Lara, que pese a la secularización que atraviesa la organización política de las repúblicas, hay una especie de religión secular que se transfiere con valores políticos y sociales, un culto, símbolos y rituales de legitimidad. Sin duda que la sociología de Durkheim tuvo difusión a partir de 1880, contemporánea con la formación del Estado Nacional en la Argentina y la difusión de símbolos y rituales para su afianzamiento y legitimidad.
La forma en que opera el ritual constituye un ámbito para volver perenne y “eterno” aquello que quiere manifestar la sociedad. El rito transforma lo particular en universal, lo regional en nacional y lo individual en colectivo. Según Roberto Da Matta, el ritual es uno de los elementos más importantes para transmitir y reproducir valores2. Además, los ritos, funcionan como mecanismo para la generación de una imagen de unidad y consenso.
Plotkin señala que “los rituales políticos cumplen una doble función. Por un lado, crean una unidad simbólica entre los participantes que se reconocen a sí mismos como miembros de una comunidad política dada: partido, nación, patria. Por otro lado, en especial, en regímenes de tipo autoritario, los rituales cumplen también una función de exclusión, privando de legitimidad como contendientes políticos a quienes no participan de los mismos”3. Este último aspecto es trascendente para nuestro análisis ya que la “Restauración Conservadora” fue en definitiva una república restrictiva, no exentas de rasgos autoritarios.
Cosmopolitas y nacionalistas
La evolución de la discusión sobre “Nación y ciudadanía”, en el marco del proyecto liberal de finales del siglo XIX, marca un camino hacia posiciones nacionalistas autoritarias en las primeras décadas del siglo XX, con mayor énfasis a partir de la década de 1930. Además, los diferentes sectores que cuestionaron la coyuntura nacional, en los distintos momentos, si bien reconocían una matriz común (la nacionalidad o la falta de ella) contienen proyectos diferentes para la solución de lo que definen como una situación crítica y caótica, en la que el ejercicio de la ciudadanía cuestionado (finales del siglo XIX) termina anulado (década de 1930).
El germen del nacionalismo puede rastrearse en Argentina desde finales del siglo XIX hasta la formación y consolidación de un nacionalismo autoritario a partir de la década de 1920. En dicho proceso, la utilización de símbolos y rituales para la legitimación política fue indudable; y esto incluye al caso de la Argentina porque la “sacralización del orden político secular encontró en las nociones de nación y patria los referentes de una comunidad moral imaginada: la comunidad cívica”4.
A partir de 1890 se originó en la Argentina un movimiento que comenzó a poner en jaque las cuestiones de la nacionalidad y la ciudadanía enmarcadas en un contexto en el que, como una de las consecuencias del proyecto de país vigente, la inmigración va a tener un papel fundamental. Un país que en varios de sus asentamientos urbanos tenía mayoría de población extranjera que no solo pugnaba por su inserción económica sino también política y social, produjo en parte de su élite gobernante, el levantamiento de voces que pedían una presencia más marcada de la idea de patria. En principio, lo hicieron en el sistema educativo que comenzaba a ser cuestionado a más de una década de la puesta en marcha de la Ley 1420 de 1884. Esas preocupaciones derivaron también en cuestiones como la participación política de los extranjeros y la relativización de la ciudadanía por adopción, como un freno a la participación e inserción política.
Una de las respuestas del régimen político vigente que sustentaba su poder en base a la alianza de oligarquías provinciales con sectores de la política porteña fue la idea de argentinización de la cultura con la utilización de ciertos símbolos y ritos para consolidar el proceso que se había iniciado con la sanción de la cuestionada ley de educación.
Las fiestas cívicas, como en otros lugares del mundo, hicieron evidente la puesta en marcha del dispositivo simbólico. Se construye un “Estado-espectáculo” que recurre a medios espectaculares para transmitir una pedagogía política, una moralidad, o los mitos expresados en el pueblo, la raza o las masas. En este sentido la generación del ’80 recurrió a símbolos como el “Himno Nacional” o la celebración del 25 de Mayo como fiesta patria para construir esa religión secular que no desaparece con los estados modernos. Fue así que, a partir de un hecho que parecía menor, cuando el maestro Pablo Pizzurno decidió, en vísperas de un 25 de mayo, izar la bandera entonando la canción “Aurora” y luego el “Himno Nacional” en el patio de la escuela de la que era director, nuestra fiesta cívica que había perdido ese carácter para adquirir un tono más marcial y militarista, pasó a ser un instrumento de la cultural escolar al servicio del proceso de argentinización.
La canción patria adquirió su perfil definitivo cuando la Ley 9.044 del 30 de marzo de 1900, recortó sus estrofas obviando las más antiespañolas en el afán de hacer creíble el “crisol de razas”. Además, se sancionaron una serie de leyes que constituyeron las efemérides argentinas que involucraban feriados con solemnes actos de ritualización.
Según Lilia Bertoni, Nación y ciudadanía fueron temas particularmente controvertidos en los años finales del siglo XIX; en las naciones europeas y en el mundo europeizado las diferentes concepciones sobre la nación, el patriotismo y la relación del ciudadano con el Estado dieron lugar a polémicas en las que se enfrentaron “patriotas” y “cosmopolitas”5. Las primeras voces se alzaron para sostener que la educación pública había fracasado; sostenían que en el sistema educativo estaban ausentes los rasgos espirituales. Según Bertoni, esas voces que se levantaron cuestionaban en definitiva al liberalismo sin negar la vigencia de la Constitución Nacional y al sistema político consagrado en ella. Debido a que, desde el diagnóstico de esas voces –entre las que se destacan con matices Joaquín V. González e Indalecio Gómez–, la heterogeneidad y la diversidad resultaban peligrosas, la lengua sería el elemento aglutinador de la singularidad cultural6.
El “nacionalismo” de la Restauración Conservadora
La puja entre “patriotas” y “cosmopolitas” abreva en un “nacionalismo light” en relación a lo que comienza a suceder en la Argentina posterior al Centenario, que tuvo en el grupo de jóvenes reunidos en torno a la redacción del periódico La Nueva República, a una minoría “preocupada” por la llegada del Yrigoyenismo al gobierno al que visualizaban como una amenaza devastadora.
Olga Echeverría describe cómo en torno a esa redacción, Julio y Rodolfo Irazusta, Ernesto Palacio y Juan Carulla delinearon un proyecto de nacionalismo reaccionario anti sistema que, desde la idea de considerarse una minoría de “iluminados”7, deriva en la adhesión a la conspiración que llevó al derrocamiento del gobierno radical en el golpe del 6 de septiembre de 1930. En efecto, los miembros de La Nueva República, con conexiones con otros grupos y publicaciones reaccionarias como La Fronda y Criterio, tenían pretensiones autoritarias, jerárquicas, elitistas y antidemocráticas. Eran anti Yrigoyenistas, anti socialistas y anti semitas.
La autora señala que “se elevaron hasta condenar el pensamiento moderno de Occidente, al que consideraban opuesto tanto a las tradiciones grecolatinas como católicas”. Veían en la Iglesia católica un elemento articulador de la sociedad, por lo que mostraron simpatías con el tradicionalismo católico; y puntualiza que, en rigor, lo que les interesaba “a estos intelectuales tradicionalistas era la ‘faceta terrenal’ de la religión, como herramienta sostenedora del orden, la propiedad y las jerarquías sociales”. Por último, remarca que apelaban a la religión para obtener “el milagro de la obediencia”8.
Las raíces de esa visión se encuentran en el pensamiento de Charles Maurras. Al respecto, cita Echeverría que los Irazusta y sus amigos eran profundos conocedores de la obra y el pensamiento del ideólogo y referente de “Acción Francesa”.
A partir de 1930, reaparece en un clima netamente autoritario, el discurso que le dio contenido a la construcción de la nacionalidad a finales del siglo XIX. Aquel momento de “patriotas”, “cosmopolitas” y “nacionalistas” como bien ha señalado Bertoni “evidenció preocupaciones nacionalistas y aun nacionalistas de índole política e ideológica. Estas preocupaciones se manifestaron en diversas actividades culturales y políticas de asociaciones e instituciones que ocupaban el centro de la escena pública, en movimientos de opinión, en la acción de grupos informales y también en las campañas de un amplio movimiento patriótico, que abarcaron actos patrios y manifestaciones públicas, además de una vasta producción historiográfica, la edición de libros y revistas especializadas y la realización de homenajes y monumentos a próceres”9.
En la década de 1930, la escuela fue el ámbito donde se intentó construir a través de símbolos y rituales, un proceso ya no de “argentinización” sino de “nacionalización” en el que el proceso de “cosmopolitismo” a un “nacionalismo” de corte autoritario, alcanza visibilidad.
El nuevo discurso de la patria en Coronel Dorrego
En el distrito de Coronel Dorrego de los años 30, las ideas que en el mundo ya habían tomado visibilidad estuvieron presentes en la vida pueblerina, no solo por efecto de la crisis económica mundial y del golpe de Estado de 1930, sino porque la fuerte incidencia de comunidades como la italiana y la española siguieron con atención lo que sucedía en ambas penínsulas generando militancia pro y antifascista –en el caso de los italianos– y una profunda división que salpicó a toda la sociedad dorreguense cuando estalló la Guerra Civil española en 1936.
Eran las ideas en boga que fueron conformando el discurso político, social y escolar que componen la cultura vigente, es decir, la cultura dominante en la que, a menudo, la idea de patria fue un escudo para justificar ciertas posiciones.
Es tan fuerte la impronta del discurso de la patria construido desde finales del siglo XIX que, en su edición de su 30 aniversario, el diario La Verdad, reconocido de hecho como el órgano oficial del gobernante partido conservador, enumera sus objetivos impregnados de la más vieja tradición liberal y no del discurso propio de un nacionalismo de derecha que, los militares y los sectores oligárquicos, proclamaron para los gobiernos surgidos del golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930. La publicación enumera: “fomentar los sentimientos de progreso, justicia y de paz y en sus columnas han tenido albergue todas las iniciativas patrióticas y bien inspiradas en pro de la civilización y del adelanto colectivo”. La publicación se percibía como “fiscal” de la cosa pública corrigiendo “los abusos que pretendieron o cometieron malos funcionarios públicos”10. En efecto, la campaña de desprestigio de las administraciones que se habían sucedido entre 1916 y 1930 fue sistemática.
La tentación en caer en la refundación de las patrias (nación, provincias y distritos) ha sido reiterada en el devenir político argentino, en el intento mismo de construir “el discurso de la patria” que por varias iniciativas desde diferentes tradiciones ideológicas y/o políticas ha sido tan disímil como esos intentos de refundación. De hecho, todo gobierno tiene o construye para la ocasión su propio “relato”.
A nivel local no es descabellado que una reformulación atraviese todo el entusiasmo del cincuentenario de la creación del distrito, fundado en 1887.
Para los protagonistas de 1937, eran no solo momentos de festividades sino también de balances y proyecciones. Así ubicaban el casi intemporal rol de los pioneros –rol también muy discutible– para hacendados que llegaron a la propiedad de la tierra en el sudoeste bonaerense, a partir de 1875, sin siquiera haber pisado las calles que hoy llevan sus nombres. La Verdad habla del privilegio del pueblo de Coronel Dorrego por la población que fue construyendo el armazón económico y social. Es interesante porque señala que hay dos clases de hombres, por un lado, el trabajador que responde a un instinto de conservación; y, por el otro, el hombre de acción, hombre de empresa con visión para un destino superior. En tal sentido sostiene que “Coronel Dorrego, como otros tantos conglomerados sociales, estaba destinado a vivir en el estancamiento de sus energías. La razón de su desenvolvimiento está radicada en sus hombres de empresa que supieron ver las posibilidades evolutivas de la zona y se entregaron con todo a la tarea de transformar las costumbres y las corrientes económicas hasta alcanzar un alto grado de desarrollo dando al dinero todo su valor evolucional”11.
He aquí un intento de construcción histórica tan difuso que se acerca más a una interpretación metafísica que al devenir histórico. En rigor, esas palabras acompañaban la presentación de esos “pioneros” junto a otro protagonista de la sociedad de ese tiempo, el inmigrante. Con ese nuevo protagonista instalado en el balance de tres décadas se presenta el porvenir del país “risueño y alentador”. Destaca también la laboriosidad y el dinamismo que la inmigración europea habría impregnado a la sociedad argentina. Para el diario La Verdad, dirigido por el caudillo conservador, Gregorio Juárez, en los inmigrantes “se asienta toda su futura grandeza, porque de nada valen las condiciones naturales de un país, la riqueza y la benignidad de su clima si el elemento humano, que es el encargado de explotar esa riqueza, no se siente con aliento para emprender la tarea, que verdaderamente exige verdaderos sacrificios en los comienzos”. El balance de tan significativa fecha es visto por sus protagonistas como la confirmación del eterno progreso. No obstante esto, se sorprende de que en esos 50 años transcurridos “desde el momento inicial de esa evolución”, haya sido posible llegar “a las características actuales por el solo espíritu innovador y progresista de nuestros pobladores”.
No menos optimista es la percepción de los hombres del cincuentenario respecto del papel de la educación pública, aunque trazan un diagnóstico crítico sobre el cometido de la escuela de entonces. En líneas generales, la “Restauración Conservadora” no introdujo grandes cambios en el sistema educativo, sólo un tenue fomento de la Educación Técnica en los grandes centros urbanos, la incorporación de nuevos actos patrióticos y la exaltación del régimen político. En estos dos últimos aspectos, el nuevo discurso sobre la patria desembarca en el sistema escolar con un marcado perfil nacionalista autoritario.
Consideraban que la educación debía tener una orientación general que cohesionara socialmente a todos los habitantes del territorio nacional para lograr “la unidad étnica nacional”, y se preguntaban si se utilizaba la educación formal para cumplir una misión “en forma elevada e integral que le corresponde en su carácter de piedras angular sobre la que descansa la futura grandeza nacional”.
Luego se realizar una ojeada sobre las diferentes disciplinas que abarcaban el dictado de clases, calificaban a la enseñanza como “un sistema glacial que esteriliza las disposiciones naturales del alma infantil”. Hasta ahí llega el análisis de ese balance de medio siglo que, en el plano educativo, no se anima a apostar por la esperanza de un futuro mejor tal cual lo habían “profetizado” al hablar de las riquezas naturales de la zona y la presencia laboriosa de la inmigración.
Educación escolar en Dorrego
En nuestro recorrido por anaqueles de bibliotecas públicas, escolares y privadas, consultando viejos pobladores de la zona del sudoeste de la provincia de Buenos Aires rescatamos información sobre textos escolares, disposiciones ministeriales, organización de actos y clases alusivas para mostrar de qué modo la educación era utilizada como herramienta política para la imposición del discurso de la nueva argentinidad, menos cosmopolita. En los años ‘30 se incrementaron significativamente las fechas de evocación y celebración patriótica y clases alusivas que vinculaban directamente acciones del gobierno conservador con los contenidos vertidos en las aulas escolares.
Los textos escolares se encuadran en los libros de la escuela normalizadora. En la nómina podemos incluir, Cien lecturas (para 5° y 6° grado)12, Fuentes de Vida (libro para 6° grado)13 y Patria Grande, evocaciones, estampas, escenas y descripciones14.
Del conjunto de libros que circulaban en las aulas dorreguenses hay dos cuya presencia no pasa inadvertida. Uno es ¡Upa! de Constancio Vigil que pasa a ser parte de la mitología popular; se editaron más de 1.000.000 de ejemplares, cuyas ediciones superaron la “larga” década de la “Restauración Conservadora”, ya que, editado por primera vez en 1934, el legendario manual escolar sobrepasó las 20 ediciones publicándose hasta mediados de los años ‘50.
En la sesión titulada “Los Meses”, Vigil destaca fechas como el nacimiento y muerte del general San Martín, el 25 de Mayo, Día de la Bandera, 9 de julio y Día de la Madre. Además, incluye algunas fechas reivindicativas de la “Conquista española”. No hay textos de exaltación patriótica y no incluye al gaucho, cuya reivindicación es propia de los años ‘30 del siglo XX.
El otro texto es El Sembrador de Héctor P. Blomberg que, si bien aparece en 1925, se editó durante varias décadas sin cambio alguno. Con este libro, el alumno podía leer a poetas sociales jóvenes como el catamarqueño, Luis Franco, textos del anarquista Eliseo Reclus, de Alberto Gerchunoff y Pastor Obligado. El pensamiento de Blomberg era difundido en otros ámbitos ya que el diario La Verdad solía incluir textos patrióticos de su autoría. Además de su popular vals “La Pulpera de Santa Lucía”, eran difundidos los radioteatros de su autoría ambientados en la época de Rosas.
En el transcurso de la década se fueron incrementando el número de festejos y evocaciones patrias en el sistema educativo provincial. Al principio de la década, los 25 de Mayo, 9 de julio, 12 de octubre y Día de la Madre eran las efemérides destinadas a abrir la escuela a la comunidad. Posteriormente, se fueron incorporando los homenajes a Manuel Belgrano y a San Martín, como así también clases alusivas y homenajes a acciones de los gobiernos nacional y provincial, y la reivindicación del 6 de septiembre de 1930, aniversario del golpe de Estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen.
Hemos rescatado de los archivos de la Escuela Nº 4, de la localidad de El Perdido, en el partido de Coronel Dorrego, el “Reglamento de Fiestas Escolares” fechado el 24 de mayo de 1931 en el que se “sugerían” una serie de acciones para llevar adelante en los festejos patrios. La disposición dictada por el Consejo Escolar del distrito enfatizaba que “las fiestas escolares son de los niños y para los niños, debe excluirse en absoluto lo que esté fuera de su comprensión y ejecución”15. También recomendaba la necesidad de no perder clases en la preparación de los actos, no solicitar trajes especiales y que, al menos dos veces al año, el director o directora de cada establecimiento se dirigiera a la comunidad educativa con un discurso.
Incluso la Revista Escolar, publicación de los maestros dorreguenses, en su edición de julio de 1933, con la firma de dos docentes emblemáticos como Luis Celillo y Juan Lamachia Negri publica una nota cuya temática es la escuela, el hogar y el ambiente social revalorizando la necesidad de complementar el proceso educativo entre familia y escuela.
Otra de las preocupaciones que mostró la comunidad respecto de la Escuela pública fue el pedido de nombres para los establecimientos en funcionamiento. Aquí la cuestión de la escuela y la nacionalidad fue común al pensamiento político de la época con exclusión de los socialistas y comunistas. El 18 de octubre de 1933, se dio a conocer el pedido de varios vecinos para que las escuelas del distrito lleven “nombres patrios”. Los firmantes representan a la clase dirigente local con tradiciones políticas diferentes; se trata de conservadores y radicales que, pese a la profundización de sus diferencias por el golpe del ‘30, la Guerra Civil española y los sangrientos hechos del 5 de septiembre de 1937 cuando los radicales se levantaron contra el fraude, mantenían frente a ciertas situaciones una posición común. A modo de ejemplo citamos que suscribieron la iniciativa el Dr. Victoriano Estévez (UCR – senador provincial en esa época), el escribano Manuel Salgado Rueda (conservador – designado interventor municipal después del golpe del ‘30), Ramón Castro (vicecónsul de la República Española), el Dr. Ricardo Fuertes (referente máximo del radicalismo que, en 1963, llegó a ocupar el cargo de ministro de Economía provincial), los doctores Zabulón Espízua y Carlos Casal Varela (futuros referentes del peronismo, por ese entonces radical el primero y conservador el segundo).
La nómina de denominaciones sugeridas que luego fueron confirmadas eran: Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre, Nicolás Avellaneda, Mariano Moreno, José Manuel Estrada, Lucio Vicente López, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Manuel Belgrano, Joaquín V. González, Estanislao Zeballos, Bernardo Monteagudo, Francisco Ramos Mejía, Benjamín Zubiaurre, Florentino Ameghino, Agustín Álvarez y José María Gutiérrez.
En la carta elevada a Pedro Balade, presidente del Consejo Escolar, los peticionantes consideraban que eran necesario identificar las ideas e ideales de un nacionalismo que debía trascender a la Historia. Agregaban “reivindiquemos para el templo de la Patria, la justicia de póstuma consagración de sus varones más preclaros”.
“La Escuela, por razones que parecería ocioso analizar, es la fuente permanente en que debe agitarse los hijos dilectos de la patria, que de uno u otro modo la han dignificado, ya en el campo de la ciencia, de las artes, de las ideas o de la especulación espiritual, dándole sin tasa los frutos de una vendimia que la honran en el concepto del pensamiento”.
“La sola enunciación de un nombre, revive a veces toda una época de gloria y, ningún sitio mejor que el pórtico de las escuelas, para ostentar a manera de escudo heráldico, y como evocación de sus lauros, esas vidas de varones que, con su altivez, dignidad e ilustración formaron el acerbo de la patria. Rindamos a sus manes, el homenaje simbólico de respetuoso recuerdo, para ejemplo de generaciones que se suceden”.
En agosto de 1934, el Consejo Escolar eleva a las escuelas, la nota del Consejo General de Educación en la que comunica las pautas para el uso de emblemas patrios. Ordena utilizar durante la semana patria de mayo y julio y otros actos, distintivos celeste y blanco sin aditamentos de ninguna clase y responsabilizaba a los directores si se comprobara alguna alteración16.
El discurso moralista
El tema de las fiestas escolares además de reflejar la vieja tradición de la “argentinización” de la cultura, tal vez como parte de ella, incluye aspectos relacionados con la tradición gaucha. Varios programas de actos escolares incorporan danzas típicas y también la interpretación de viejas especies musicales como el Yaraví, al que algunos especialistas ubican como base de otros ritmos como la propia milonga surera que también reivindica la raíz afro.
Respecto de las fiestas escolares, circulaba un texto de Jacinto Zaragozí, Escenas Blancas que se utilizaba para la preparación de los actos. En su obra, que rescatamos de la Biblioteca del Colegio “San José” –institución que comenzó a funcionar en 1931– se ocupa de los límites para la inclusión de la cultura popular. Sostenía que “en la escuela no debe vibrar otra música que la peculiar a ella. Se pueden introducir cantos profanos de zarzuelas, operetas, valses, etc., para formar coros o cosas por el estilo, pero esto debe hacerse con mucha parsimonia y cuidando de enmendar la letra si hay necesidad. En la misma forma se pueden cantar aires nacionales y extranjeros procurando que los niños aprendan a tocar la guitarra (no debería haber un solo argentino que no supiese tocar la guitarra y bailar el Pericón)”17.
Asume una posición totalmente denigrante y moralista con respecto al tango al que califica de repugnante, descalificando la forma en que se baila por ser una danza de agarre. Avanza mucho más allá de los colegios al atacar a las propaladoras y primeras emisoras de radio que promocionaban “los bailongos de salón”. Para el docente los jóvenes debían bailar al aire libre la jota, el gato, el pericón, la zamba y en los salones el pericón, los lanceros y el minué.
El discurso moralista del maestro de Sunchales, cuyo libro sirvió de base para la organización de los actos escolares durante el período de análisis, no se aleja de los deseos del poder político de impregnar la cultura escolar con el sello del Golpe, es decir con la etapa que se abrió a partir del derrocamiento del presidente Hipólito Yrigoyen.
En el transcurso de 1932, el gobierno lanzó la suscripción del empréstito patriótico, una transferencia de recursos desde la sociedad que adquiría los bonos que luego de un tiempo cambiaban por el importe original más un interés (en realidad los bonos patrióticos perdieron su valor nominal). Se formaron comisiones en cada uno de los municipios; para el caso de Coronel Dorrego, Manuel Sánchez Muñoz, vinculado al conservadurismo gobernante, fue su presidente. En tal sentido, el Consejo General de Educación obligó a las Escuelas a impartir clases exaltando las bondades del empréstito, además, hubo suscripción de alumnos cuyas listas aparecían publicadas en la prensa local18.
Aún más llamativa es la circular de noviembre de 1933, en la que se insta a explicar las finalidades de la colecta de la comisión para combatir “la mosquita Langosta”.
Con estos casos se ve el modo en que los problemas puntuales eran asociados a las grandes cuestiones nacionales con un fin netamente propagandístico. Esa disposición comienza analizando la situación de desempleo en plena depresión económica. Alertaba que la situación de millones de desocupados, privados de los recursos indispensables, devaluaba su nacionalidad, aumentaba una vagancia forzosa y era el germen de disturbios sociales. Esa introducción para hablar de una plaga reconocía que la falta de empleo era un tema que urgía solucionar porque “la labor crea holgura y bienestar, el paro forzoso destruye riquezas y engendra discordias”.
En el segundo párrafo explicaba los perjuicios que podía ocasionar la langosta exaltando la necesidad de la colecta nacional que daría “trabajo a los desocupados en la destrucción de la langosta mosquita”19. Por último, incluye la colecta en el marco de una verdadera cruzada para ayudar a los desocupados y en el entendimiento de que sería una contribución para la defensa de la producción nacional.
Todas estas iniciativas instrumentadas por las autoridades educativas locales fueron emanadas por los niveles superiores del gobierno provincial, pero también el régimen conservador dorreguense intentó perpetuar su paso por el poder.
A solo dos años del golpe comenzó una prolífica tarea de reivindicación desde la prensa y con el cambio de nomenclatura de calles y espacios públicos.
El 6 de febrero de 1932, se creó la Comisión de Homenaje al general José Félix Uriburu. Era su presidente, el senador Gregorio Juárez, el caudillo conservador dorreguense.
El 4 de junio de 1932, el Concejo Deliberante aprobó la Ordenanza de cambio de nombre del Boulevard República (hoy Avenidas Ricardo Fuertes) por el de “Teniente general José F. Uriburu”. El 21 de junio del mismo año, el Departamento Deliberativo local aprobó la ordenanza por la cual se impone el nombre de José F. Uriburu a la Plaza Central de la localidad de Oriente, espacio publico atravesado por la Avenida Ramón Santamarina, otro de los referentes del conservadurismo bonaerense. En la actualidad la Plaza de Oriente lleva el nombre de Juan B. Maciel, el caudillo radical muerto el 5 de septiembre de 1937, día del levantamiento en la jornada electoral fraudulenta.
El 6 de septiembre que, el gobierno conservador había declarado feriado nacional, se desarrollaron los actos centrales por los que se impuso el nombre de Uriburu al Boulevard y a la plaza mencionada.
En los actos centrales del 25 de mayo de 1933, se inauguró la placa conmemorativa en la intersección de las dos principales avenidas del ejido urbano de la localidad cabecera del distrito, avenidas Uriburu y Roca.
El día del aniversario del golpe, el diario La Verdad publicó un suplemente especial en homenaje a la asonada militar que derrocó a Yrigoyen. Eran 20 páginas impresas en celeste y azul.
No es un dato menor que la década culmina con la aprobación por parte de la Legislatura de la provincia de Buenos Aires del 10 de noviembre como “Día de la Tradición”, una meta alcanzada tras un periplo que se inicia cuando Leopoldo Lugones brindó una serie de conferencias reivindicando la figura del Martín Fierro y que tuvo a la “Agrupación Bases” de la ciudad de La Plata, como impulsora de una iniciativa que culmina en ley provincial y que, en los años del primer peronismo, pasó a ser un festejo nacional. A partir del 10 de noviembre de 1939 se realizaron festejos del Día de la Tradición en toda la provincia de Buenos Aires; y Dorrego tuvo su primera fiesta gaucha en 1940.
Conclusión
En la Argentina de 1930-1943 se produjeron intentos de legitimización política utilizando el sistema educativo. Ya el régimen de 1880 había utilizado la Ley 1420 de Educación común, universal, laica y obligatoria como un instrumento de “argentinización” de la cultura, dotando su funcionamiento con símbolos y ritos que conformaron no solo una cultura escolar sino la apropiación por parte de una sociedad que, con altísimo porcentaje de inmigrantes, necesitaba elementos homogeneizadores.
La autodenominada “Restauración Conservadora”, supuesta heredera del “pasado glorioso” que había generado la república surgida en 1880, aun repitiendo los mismos instrumentos, generó símbolos y ritos impregnados de un nacionalismo formado y consolidado en un nacionalismo autoritario.
La escuela fue el vehículo más directo para llegar a la sociedad. A través del sistema educativo se intentaron instalar símbolos y rituales para legitimar un régimen cuyo origen había sido un golpe de Estado.
Al ser el sistema educativo el principal vehículo para imponer esa política, poblaciones como la de Coronel Dorrego, en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires no estuvieron ajenas a dicho proceso y fueron participantes activos de lo que estaba pasando en el mundo.
El tono moralista, marcial y autoritario en que fueron instalados símbolos y ritos tan disímiles como la exaltación de fiestas cívicas y el aniversario del Golpe de Estado, o la sobrecarga “del panteón de la Patria” con un número de homenajes en crecimiento a lo largo de la década, y la equiparación como gestas nacionales de la suscripción de empréstito o el combate contra una plaga, estuvieron lejos de constituirse en formadores de ciudadanía.
Si bien escapa a este trabajo, la etapa de los gobiernos radicales (1916-1930) no había generado, con la excepción del 12 de octubre como fecha nacional, símbolos y ritos de la misma naturaleza que los conservadores.
Lo sucedido en 1930 tal vez explique la aparición de nuevos ritos y símbolos y la resignificación de muchos de los ya vigentes en tiempos del primer peronismo, pero tampoco es tema de este trabajo. (|8-06-26).