A título reincidente, y sin ser ajeno a lo propio de aquello que se cree y se debe difundir con firmeza y claridad, tengo que volver sobre lo dicho. No hay aquí un big bang que permita descubrir algo completamente original o contundentemente novedoso en la diaria de los dorreguenses.
El título, lejos de ser metafórico, renueva la observación sobre el trastorno de la ciudad en días de lluvia, el escurrimiento del agua y el transcurrir ciudadano, totalmente alterado para la gente de a pie, y aún más para el funcionamiento de entrada y salida de una escuela que ya es dificultoso y problemático incluso en días soleados.
Estamos inmersos, nosotros inclusive, en la necesidad permanente —y más aún si no existe una respuesta previa— de impulsar una obligada propuesta sobre el tema en cuestión.
En un reducido y, a decir verdad, no muy trabajoso relevamiento, cuando llueve intensamente aseveramos desde aquí, como ya se ha dicho, que cuando el agua que circula por las calles presenta coloración marrón significa que proviene de calles de tierra, no así la que precipita sobre calles adoquinadas o asfaltadas.
El declive pronunciado que caracteriza al partido desde el norte hacia el sur, y también a la ciudad, de aproximadamente un metro por cuadra, hace que indefectiblemente —y tal como está planificado— las aguas converjan hacia la calle España, donde en su empalme con la calle Ricardo Fuertes funciona una de las principales bocas de desagüe del conducto subterráneo, producto de una importante obra de hace muchos años. Allí, por un caudal inusual, el sistema aparece desbordado, no por su capacidad de evacuación sino por la saturación de sus ingresos.
El principal déficit está dado en que el agua proveniente de las calles de tierra del sector norte, junto a remanentes de la ruta 72, escurre hacia su destino natural de nivelación por el centro del pueblo.
Las aguas precipitadas desde el inicio de la calle Colón, paralela a las vías ferroviarias, ingresan por Uslenghi, giran en San Martín hasta calle Siria, de allí hasta Maestro Lequerica, encontrándose con Antonio Costa en la esquina del colegio Manuel Belgrano, y continúan por Costa hasta España.
Solo ese caudal hace imposible cruzar de vereda en todas esas cuadras, agravándose considerablemente en Costa y España, y en sus intersecciones con Hipólito Yrigoyen y la subsiguiente Juan Maciel.
A esto se suma el ingreso por Siria desde el mismo sector norte, cruzando por Martín Fierro, Esteban Echeverría hasta Presidente Perón, girando hasta Costa con rumbo a Lequerica y el derrotero ya citado hasta la importante acumulación de Costa y España, continuando por esta última.
También se suma el aporte, en menor medida, por Costa, aunque con mayor declive en el mismo itinerario.
Las calles paralelas en sentido sureste sufren inconvenientes similares o equivalentes hasta llegar a El Indio, atenuados por obras realizadas hace unos años en Gregorio Juárez, con finalización en la zona del cementerio y rumbo a la ruta 3.
El caso de Guillermo Aranda constituye una de las preocupaciones más álgidas por tratarse de una vía de tránsito pesado, con los consiguientes trastornos para quienes viven en esa zona, debido a los inevitables anegamientos en épocas de fenómenos climáticos fuera de pronóstico, imposibles de prever o tabular, generando males mayores.
Lluvias de escasa importancia ya vuelven imposible el cruce de veredas, y hablamos de personas adultas, lo cual se agrava aún más en una zona escolar con alumnos de distintas edades, lo que marca un primer inconveniente.
Estudiando el origen del escurrimiento de las aguas, generado en el sector norte alto de la ciudad —en un plano naturalmente inclinado desde su fundación— junto con algunas mejoras como la consolidación de calles con pavimento realizadas hace algunos años en el sector este, se presupone que mediante movimientos de suelo que direccionen su curso podría solucionarse o al menos atenuarse un problema de larga data.
A nadie escapa este karma de muchos años, coronado por la acumulación en la entrada por el Cristo, sin mencionar la zona de la estación de servicio sobre la ruta 3, entre ambas entradas, donde —según la información disponible— la obra de salida no estaría tan lejana, completando una labor abandonada hace varios años, que además resolvía un serio problema de inundación en caminos rurales adyacentes y campos de la zona.
Hace pocos días se conoció un debate en el Concejo Deliberante sobre excesos en algunas rutas provinciales del partido, y también sobre el problema recurrente de la ruta 3, pero no —si no me falta información— sobre los escurrimientos dentro de la ciudad cabecera.
Sobre las condiciones y formas de acceder a agua de calidad en los hogares, sin subestimar el ingreso de agua de lluvia al pueblo, deberíamos tener mayor atención.
Un tema pendiente no descalifica ni desmerece las tareas destacadas en otros ámbitos. Esperemos ayudar; esa es la idea, al menos instalar la deliberación. Insistimos sobre este tema desde hace tiempo. Todos necesitamos la solución de los problemas de todos. Habrá que asumir responsabilidades para comenzar.

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