domingo, 19 de abril de 2026

Frivolizar hasta las letras / Escribe Carlos Madera Murgui


Plotina, esposa del emperador Trajano, llamaba “hospital del alma” a su biblioteca. Ese restablecimiento espiritual, mental y hasta físico que depara una lectura adecuada en momentos decisivos reconoce, en muchos, de forma alentadora, su amor por los libros.

Incluso hay mucha gente que solo logra dormir abrazada a un libro o a alguna lectura, no importa cuál. Tienen en claro un primer texto que los enamoró en su infancia, con todo por venir.

Aun así, las universidades humanísticas pierden adeptos con el paso de los años, desplazadas por carreras breves, de inmediata salida laboral, donde el pensamiento pasa por sobre los contenidos con un pragmatismo elemental, en algunos casos bastante reducido y visiblemente alejado de cualquier vocación.

Un estudio realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos entre alumnos de 15 años no es alentador, aunque tampoco definitivo. Las clases de lectura en voz alta, desde la primaria en adelante, obligaban al estudiante a

vocalizar con claridad, respetar las puntuaciones y exigían la atención del resto, que luego debía explicar lo escuchado.

El universo audiovisual se amplía y relampaguean imágenes que se superponen a una velocidad, en ocasiones, nociva (existe un ritmo mínimo que ha dejado de respetarse, en contravención de las normas fijadas para evitar daños en la visión o el cerebro).

Si los diálogos cotidianos son cada vez más breves y se utiliza un vocabulario mínimo y hasta descuidado; si los libros no solo son concisos, sino escritos en un habla cada vez más común, con autores que ya no surgen de la literatura, sino personas con transitorios y precarios momentos de notoriedad en otros ámbitos, que ven en la publicación un refuerzo de lo vano de su existencia en la consideración del público… ¿podemos exigir comprensión y entendimiento de algo que no despierta el mínimo interés general, sino que lleva a frivolizar hasta las letras?

El universo disponible empareja hacia abajo. Lo insustituible de lo creativo del ser humano —su capacidad y su esencia— dista de cualquier programa, que también fue inventado por la especie, pero que obvia la capacidad individual, nivelando un intelecto casi industrial.

En empresas estadounidenses se dictan cursos de gramática, lectura y explicación de textos a ejecutivos. Pérdidas millonarias, derivadas de defensas mal redactadas en diversos juicios, pusieron en alerta a varias compañías multinacionales.

El cuidado del lenguaje, como casi todo, nace en el hogar, incluso —y preferentemente— cuando los niños no entienden del todo los términos que se pronuncian. Eso igualmente los introduce en un mundo de abstracción y recreación, cimentando el lugar de la buena palabra, preponderante sin duda, donde no es necesario un gran esfuerzo —por lo cotidiano— para concentrarse en los contenidos de lo que se dice a medida que se avanza en la edad.

Algunos profesores se asombran ante la dificultad de un adolescente para leer, sin avergonzarse, el fragmento de un libro o por sus gestos huidizos cuando se le pide la narración de un episodio. Es una alarma, sí, porque también existen quienes prefieren acomodar esa tarea al camino más corto: se adaptan a la falta de interés del educando, que solo se combate con voluntad, dedicación y persistencia. Pero parecería quedar fuera de época pedir eso. No en todos los casos, por supuesto.

No podemos apagar —ni sería oportuno— la televisión, tampoco inutilizar la computadora, las tabletas o los teléfonos móviles con sus mensajes abreviados y su creciente cantidad de funciones, donde todo se reduce a un conjunto de letras sin sentido. Sin negar que comunican, y algo más, sin duda, y no solo los jóvenes… pero sí debemos enseñar el goce de la identificación con personajes o sucesos, distantes en el tiempo, remotos en las circunstancias, donde se han interpretado con maestría singular nuestras emociones más íntimas, hasta descubrir, en esa búsqueda sin fin que nos brinda la lectura, casi nuestras vivencias diarias.

Algunos sostenemos una opinión innegociable, desde un medio como puede ser este, sobre el compromiso, la función y el cometido de ser un vínculo que apunte a mejorar la perspectiva. Aunque ocurra como con los niños —que no entienden en principio—, se intenta, en un horizonte más amplio que el del hogar, cooperar con uno de los preceptos más importantes que pueda justificar nuestra entrada en sus casas: educar, informar y entretener, en ese orden, sin claudicar en las formas ni justificar modos de comunicar que no representan a ninguna época. (19-04-26).

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