Mis amigos y hermanos, asesinados por la dictadura cívico-militar-eclesiástica, jamás los olvidaré. Su recuerdo me abstrae de un juicio imparcial. Ha sido, tal vez, uno de los hechos más trascendentes por lo doloroso y angustiante que me ha tocado vivir.
Tal vez no sea así, si se considera el desprecio por la vida humana que sufre el mundo en estos días. También puede que no tenga que ver con lo economicista y banal en que se han transformado nuestras acciones cotidianas, en todas las edades. Argentina no es sólo un país con problemas económicos. Es, sobre todo, un país con una red de información dañada.
El sistema argentino dejó de procesar información real y reemplazó la verdad por relatos oficiales. El resultado no es sólo precarización o pobreza, sino una pérdida de sincronización social. No dejo de insistir en que “la verdad es la principal víctima” en cada instante de nuestros días.
Después de muchos años de repetir sensaciones del
momento y recuerdos reflexivos de la tragedia, queda por decir, una vez más, que la esencia de la lucha —detrás de férreas convicciones de vida innegociables— marca la memoria de los hermanos perdidos en el más alto sitial de relevancia ideológica.Deberíamos recordar, a mi entender, más allá de la alegría que algunos eligen —con todo derecho—, y hacerlo desde una profunda introspección sobre el motivo de su inmolación, a sabiendas de que no terminaría de otra forma. Lucharon, literalmente, por algo en particular que hoy gozamos con total naturalidad, como si fuera justicia y derecho divino. No fue así. La prueba es la saña del exterminio, con una estrategia y entrenamiento predeterminados para dictaduras en Latinoamérica.
Dejando detalles de lado, lo que querían aniquilar eran ideas. Esa era la base del plan, que contemplaba además lo económico. Muerte y saqueo prevalecieron.
Las políticas de memoria, verdad y justicia, los juicios por crímenes de lesa humanidad y los sitios de memoria funcionan —todavía— como un contra-dispositivo frente al legado dictatorial. Al visibilizar continuidades institucionales y económicas, así como una distribución del ingreso estructuralmente regresiva, estas memorias disputan sentidos consolidados por el neoliberalismo y reponen la dimensión estructural de la violencia económica y estatal inaugurada en 1976.
Desde una perspectiva de larga duración, el balance de la dictadura cívico-militar-eclesiástica marcó la consolidación de una élite rentística asociada al capital financiero global, un aumento exponencial del endeudamiento externo, la desindustrialización y un profundo debilitamiento del poder social de la clase trabajadora.
Lejos de clausurarse en 1983, esta matriz se reactivó en sucesivos ciclos neoliberales que retomaron el ideario de apertura, ajuste y valorización financiera. La disputa contemporánea por la democracia, los derechos humanos y la justicia social implica no sólo juzgar los crímenes del pasado, sino también desarmar las continuidades institucionales, normativas y económicas heredadas de aquel régimen.
Nada o poco ha cambiado a la luz de la actualidad. La contraofensiva del odio y la violencia está a flor de piel en todos lados. No sólo en la fuerza bruta de gobernantes que creen que pueden hacer lo que se les antoja desde sus mentes tortuosas, sino también en el discernimiento y la intelección general de las poblaciones.
Hoy nada conmueve. Se pierde el tiempo y el objetivo discutiendo si fueron 30 mil, si mataron madres o cuántos bebés se robaron, como si la gravedad de la matanza fuera una cuestión de números.
Pero tampoco debemos olvidar que sociedades como la nuestra, la pueblerina —no todos, sino muchos—, que los conocían bien, cobarde y arteramente los negaron, al igual que a sus familias. Nunca hubo, al menos, una aceptación. Como toda concepción o pensamiento, nada es absoluto, pero eso no quita la propagación de ideales firmes que les costaron muy caro en nuestro nombre.
“En algo andarían”. Por supuesto que andaban: desde su capacidad de entendimiento, bregando contra injusticias, atropellos y sangrientas cacerías. Persiguieron y mataron, especialmente, a quienes pensaban, pero también se llevaron a personas de todos los estamentos sociales, con participación y adscripción muy claras.
La labor de exterminio dio sus frutos. Lograron, en gran medida, vaciar de raciocinio e intelecto a generaciones inmediatas, que marcaron —no casualmente— las realidades que hoy nos toca soportar.
Que no haya sido inútil, sin logro ni efecto. Vuestra memoria lo merece, hermanos. Seguimos pugnando por la verdad y la justicia. (24-03-26).

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