jueves, 29 de octubre de 2026

Las redes no son el pueblo: el riesgo de hacer política solo desde un teléfono



Por Pablo Javier Marcó

Las redes sociales cambiaron la comunicación política. Hoy, un presidente, un intendente, un concejal o un dirigente partidario puede difundir sus ideas, defender su gestión y cuestionar a sus adversarios sin recurrir a los medios de comunicación tradicionales.

Esa posibilidad amplió las formas de participación y difusión, pero también abrió interrogantes sobre el vínculo entre los dirigentes y la sociedad. Tener seguidores, recibir comentarios favorables o acumular visualizaciones no significa necesariamente conocer qué piensa la mayoría.

El periodista Carlos Pagni abordó el martes en La Nación esta cuestión al analizar las declaraciones del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, quien anunció su intención de regular las plataformas digitales y fortalecer la comunicación directa con la ciudadanía.

Pagni planteó el interrogante sobre «en qué medida regular una red es atentar contra la libertad de expresión», a propósito del debate que abrió la promesa de Lula. También se detuvo en la intención del mandatario de hablar directamente con la gente para evitar que el periodismo interprete sus palabras.

Al respecto, señaló que esa pretensión aparece en dirigentes de distintas orientaciones políticas, que comparten «la fantasía que les provee X», la red social de Elon Musk, de mantener una comunicación directa con el pueblo.

En su análisis, Pagni vinculó esa forma de comunicación con líderes como Jair Bolsonaro, Donald Trump y Javier Milei, a quienes describió como dirigentes que pueden pasar mucho tiempo publicando mensajes en las redes bajo la idea de que están hablando con la gente y de que el pueblo está representado por los usuarios que los siguen.

¿Hasta qué punto las redes permiten conocer a la sociedad y hasta qué punto refuerzan la percepción que cada dirigente tiene de sus propios seguidores?

La política encerrada en su propia burbuja

Quienes siguen a un dirigente no representan necesariamente al conjunto de la ciudadanía. Algunos comparten sus ideas, otros tienen afinidad partidaria y muchos participan de las discusiones porque les interesa su actividad. También están quienes leen sin comentar o directamente no utilizan las redes para expresarse sobre política.

En ese contexto, los mensajes pueden recibir numerosas muestras de apoyo y generar una sensación de aceptación generalizada. Los algoritmos y las afinidades de los usuarios favorecen, además, la circulación de contenidos que confirman puntos de vista previos. Así, las voces cercanas pueden parecer mayoritarias, mientras que las opiniones diferentes quedan relegadas.

El fenómeno atraviesa a todas las fuerzas políticas. Quien defiende una gestión o quien la cuestiona puede terminar tomando las opiniones de su propio entorno como una expresión del conjunto de la sociedad.

En Coronel Dorrego, la cercanía entre dirigentes y vecinos facilita el contacto directo, pero ese vínculo pierde valor si la actividad política queda concentrada en las publicaciones digitales.

Las preocupaciones de la comunidad también aparecen en los barrios, los comercios, las instituciones, los clubes y las conversaciones cotidianas. En definitiva, en el territorio. No siempre esas inquietudes comunitarias se convierten en reclamos públicos ni llegan a las redes sociales.

Un funcionario puede comunicar una obra, un concejal difundir un proyecto y un candidato presentar sus propuestas. Sin embargo, dar a conocer la propia actividad no garantiza conocer las necesidades de los vecinos. La dirigencia local debería preguntarse cuánto de lo que cree saber sobre la comunidad surge del contacto cotidiano y cuánto de las opiniones que recibe en sus propios ámbitos de participación.

Las redes permiten que cada dirigente elija qué publicar, qué aspectos de su gestión mostrar y qué temas destacar. Pero controlar el mensaje no significa conocer todas las opiniones ni comprender por completo la realidad.

En ese escenario, el periodismo conserva una función relevante: preguntar, contrastar versiones e investigar, incluso cuando sus conclusiones no coinciden con el relato de quienes protagonizan la actividad pública. La comunicación directa puede enriquecer el debate democrático, pero no debería convertirse en una excusa para evitar preguntas o desestimar miradas críticas.

La discusión sobre la regulación de las plataformas y la libertad de expresión merece, por su parte, un análisis propio. La posibilidad de que los dirigentes se comuniquen directamente con la ciudadanía no elimina la necesidad de debatir quién establece las reglas de esos espacios ni cuáles son sus límites. Son cuestiones relacionadas, pero diferentes: una cosa es el derecho a expresarse y otra, muy distinta, la creencia de que las reacciones en una red permiten conocer lo que piensa el conjunto de la sociedad.

La actividad política requiere también presencia, intercambio y disposición para escuchar a quienes piensan diferente. Acá, y en todos lados.

Las redes permiten llegar a mucha gente. Escucharla de verdad exige algo más que publicar y esperar reacciones. (29-10-26).

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