Por Pablo Javier Marcó
Hace tiempo que vengo pensando en escribir sobre Fabián. Las vengo postergando, en parte porque sé que a él quizás no le va a gustar demasiado. No porque haya algo que pueda molestarlo, sino porque Fabián Enzo Barda tiene esa particular manera de esquivar los elogios. Cuando alguien habla bien de él, se pone incómodo, se ruboriza y enseguida encuentra la forma de llevar la conversación hacia otra cosa. Como si todo lo que hizo durante tantos años fuera simplemente algo que había que hacer y punto.
Y no es así. Creo que quienes vivimos en Coronel Dorrego tenemos que reconocer el trabajo del “Sapo”. No solamente porque haya escrito libros, que ya sería motivo suficiente, sino por todo lo que hay detrás de esos libros: años de buscar, preguntar, revisar documentos y recuperar historias que, de otro modo, podían quedar definitivamente atrás.
Hay algo que siempre me llamó la atención en Fabián: su memoria. Puede rescatar un nombre, una fecha, un parentesco, una elección, una anécdota risueña, un partido de fútbol, una vieja discusión política o un episodio ocurrido hace décadas. Muchas veces, ese dato que parece menor termina siendo la punta de un hilo que lleva a una historia mucho más grande.
Claro que reducir todo lo que hace solo a la memoria es injusto. También está su manera de trabajar. Pregunta. Busca. Contrasta. Vuelve sobre los documentos. No se queda con la versión que circula simplemente porque todos la repiten. Si algo no le cierra, sigue hurgando. Gracias a esa insistencia, muchas historias de nuestro pago chico se conocieron o volvieron a aparecer y a ser valoradas.
La política, la cultura, el deporte, la radio, las tradiciones, las instituciones y, sobre todo, las personas. Buena parte de la persistente faena de Fabián consistió en devolverles nombre y contexto a quienes quedaron relegados por el paso del tiempo.
Sus libros son una muestra de ese trabajo: Revisitando Hojas – Construcción del tradicionalismo surero (2002), Patria y Tradición en el Dorrego de los ’30 (2003), Del megáfono a la AM. Historia de la radiodifusión dorreguense (2006), Republicanos en Dorrego – Solidaridad y participación durante la Guerra Civil Española (2011), La cuestión Capital (2015), 1937. La Revolución (2017) y Tenés que ser payador, la biografía de Luis Acosta García.
Esos títulos solo cuentan una parte. No dicen nada de las horas de búsqueda, de las conversaciones, de los papeles y los archivos. Tampoco de las veces que hubo que volver sobre una misma historia para comprobar un dato o tratar de entender mejor qué había pasado.
Quien alguna vez se metió en una investigación histórica sabe que muchas veces la respuesta no aparece cuando uno la busca. Hay que insistir, preguntar a otra persona, revisar un documento, encontrar un apellido, seguir una pista. Recorrer varios kilómetros para buscar un testimonio en primera persona. Y después de todo eso, quizás aparece ese dato que faltaba y que permite ordenar el resto.
En los últimos tiempos, una de esas búsquedas terminó teniendo una importancia muy especial y me convenció de que algo tenía que decir o escribir sobre él: Fabián pudo reconstruir y difundir las historias de dos nuevos desaparecidos dorreguenses durante la última dictadura cívico militar. Ahí su trabajo toma otra dimensión. Detrás de esos nuevos nombres, hay familias, amigos, vidas que quedaron truncas por el atroz aparato represivo. Recuperar esas historias y poner esos nombres en la memoria de la comunidad tiene un enorme significado. Y, en el caso de Fabián, este trabajo no constituye un hecho aislado, sino que es consecuente con un compromiso con los derechos humanos que sostuvo durante su vida y del que pueden dar fe sus exalumnos y colegas docentes, quienes han compartido con él esa tarea de enseñar, recordar y mantener viva la memoria.
Fabián siempre tuvo palabras de reconocimiento para Carlos Funes Derieul. Lo consideró, con razón, uno de los grandes hacedores de la historia dorreguera. Siempre lo señaló como una referencia. Con los años, el hijo varón del "Pulpo" terminó ocupando un lugar parecido, porque es la persona a la que uno recurre cuando quiere saber qué pasó en Dorrego, quién fue alguien, cuándo ocurrió determinada cosa o de dónde salió un hecho que escuchamos alguna vez.
Los tiempos son otros y las herramientas también. Hay archivos digitales, buscadores, redes sociales y una cantidad de información que antes no existía. Fabián trabaja con todo eso, pero también con algo bastante más antiguo: la paciencia de preguntar y la costumbre de no quedarse con la primera respuesta. Esa preocupación por conocer y conservar lo que pasó en nuestro pueblo no siempre se nota mientras está ocurriendo. Nos acostumbramos a que ciertas personas estén. A que respondan cuando uno tiene una duda. A que aparezca un libro cuando necesitamos saber qué pasó. A que alguien recuerde un nombre que nosotros ya olvidamos. Después, cuando queremos reconstruir una historia, descubrimos que buena parte del trabajo ya estaba hecho. Es ahí cuando toma real dimensión el valor de esas horas dedicadas a buscar datos que, en apariencia, podían no tener demasiada importancia.
Por eso estas líneas. Fabián probablemente preferiría que no las escribiera. Seguramente se va a poner colorado, hará algún gesto de fastidio y, con un poco de suerte, después me dirá que exageré. Puede ser. Pero hay cosas que vale la pena decir mientras tenemos delante a la persona que las hizo. Coronel Dorrego tiene en Fabián Enzo Barda a uno de esos necesarios hombres que dedicaron una parte importante de su vida a que las historias de este lugar no se perdieran. Esta vez quería que quedara escrito. Aunque al “Sapo” no le guste demasiado. (20-09-26).

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