Nota de Emanuel Respighi en Página 12
La imagen se repite en cada partido. No importan ni las nacionalidades ni tampoco los momentos. Mucho menos el resultado. Es universal. Instintiva o premeditadamente, parece ser la imagen del hincha del siglo XXI en los mundiales. Es cuestión de que la cámara de los estadios pose durante algunos segundos el foco en un hincha para que éste inmediatamente pegue un grito y levante los brazos desaforadamente como si su equipo acabara de convertir un gol. Pero no: es solo la excitación de verse (que lo vean) en pantalla grande. Los 15 minutos de fama transformados en un puñado de segundos. Como en el básquet, como en el béisbol, como en la NFL, pero ahora importado al fútbol.
La obsesión por verse y mostrarse no se detiene en los magníficos estadios en los que se juega el Mundial. Lo mismo sucede en las redes sociales. Los hinchas ya no sufren o celebran en soledad el momento de cada partido. Eso de que la procesión va por dentro no cuenta en tiempos de vitrinas digitales y globales. Todo debe estar premeditadamente exteriorizado, grabado, registrado, para subir a sus redes. Rehenes del mostrarse, el protagonista del fútbol que pergeñó Gianni Infantino y compañía está dejando de ser el deporte para trasladarse a los espectadores. Si no lo mostraste en las redes sociales, no viviste el mundial. Si no está registrado, no sucedió.
El colmo de esa autocelebración de la imagen propia es el mismo presidente de la FIFA. El mandamás de la máxima entidad del fútbol mundial, el que permitió que se haga este Mundial en tres países distintos, plagado de restricciones individuales para hinchas y futbolistas, con 48 selecciones y un insólito sistema de “desempate olímpico” para los equipos que igualan en puntos, concentra en sí mismo la puesta en escena permanente. No hay transmisión oficial en la que la cámara no lo enfoque plácidamente sentado en el palco VIP de cada uno de los estadios. Incluso, si esa situación resulta imposible porque en la última fecha de la fase de grupos los juegos se disputan al mismo momento, en estadios separados por miles de kilómetros. Nada que la IA no pueda solucionar. Todo vale.
El homo videns reemplazó al homo genuinum. El hincha concentrado en el juego sucumbió ante la necesidad de estar pendiente en las pantallas cada vez más gigantes y en Ultra HD de los estadios, o en la ilusión de convertirse en “viral”. La planificada reacción filmada golea a la genuina. No importa si se trata de un desconocido, una influencer, una famosa o un periodista. Donde antes había autenticidad, ahora hay puestas en escenas globales. Ya nada es lo que parece.
El fútbol y todo lo que lo rodea dejó de ser “dinámica de lo impensado”, como definió a este deporte allá lejos y hace tiempo Dante Panzeri, en tiempos en los que no había teléfonos móviles ni redes sociales ni estadísticas minuto a minuto que emocionan a muchos, como si transmitieran grandes verdades y no números fríos de un deporte en el que todavía la creatividad rompe con las planillas de Excel y lo preestablecido. La pasión auténtica del hincha, esa que emociona al verla más allá de los colores, parece ser una característica en peligro de extinción.
Ojalá que esa artificialidad manifiesta y promovida por el negocio no se lleve puestos a los aspectos más genuinos que convirtieron al fútbol en el deporte más maravilloso del planeta. No sea cosa que estemos grabando su decadencia sin darnos cuenta. (02-07-26).
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