Hacer una reminiscencia jamás se convierte en una tarea cómoda. Intentar descifrar cuál ha sido el hecho cultural más importante que ha tenido Dorrego a través del tiempo, menos aún. Esto implica siempre el gusto y la pasión de quien tiene a cargo el trabajo y, sobre todo, la relación personal con el hecho, complemento indivisible de cualquier opinión.
Quienes opinamos desde afuera —aunque al tradicionalismo del pago nadie lo mira desde afuera, para bien o para mal; algunos con más fundamentos que otros, pero nadie duda— sabemos de la formidable acción que, a lo largo de setenta y un años, ha desarrollado esta institución preclara, señera, admirada y esclarecida, con un impecable derrotero cultural sin fisuras que ha engrandecido, con su sola existencia, a todo Dorrego.
Explicaba uno de los tantos poetas que han pisado este suelo que Dorrego representa un escalón, y ya no simplemente un paso más, en la trayectoria de cualquier artista, cultor o aficionado que participa de las actividades de la Peña Nativista. Otro decía, hace un tiempo, que Dorrego no es un festival —como hay muchos y muy buenos—, sino una celebración del tradicionalismo y "la fiesta" de la llanura pampeana.
Escuchar, emocionados y agradecidos, a autores que han podido presentar sus libros en las actividades oficiales de la Peña y de la cultura oficial municipal de Dorrego, permanente acompañante de esta institución, también satisface a quienes tenemos el privilegio de oír esas palabras de boca de verdaderos consagrados.
Es fiesta y es Peña por el desfile, por las comidas, por la jineteada, por los cantores y las cantoras, por la Flor del Pago, por las cabalgatas y las pilchas; por los niños bailando y escuchando; por los adolescentes investigando y respondiendo en certámenes; por las exposiciones artesanales de platería, soguería, lanas y esculturas. Hasta pájaros de la llanura ha exhibido alguna vez esta fiesta.
Es fiesta y es Peña porque volvió a las escuelas, como antes, como muchos recuerdan. En las aulas estuvieron los de acá y, sobre todo, los de afuera; hasta Jorge Cafrune, con guitarra en mano. También los escritores más reconocidos y auténticos, portadores de la cultura nuestra. Dorrego los tuvo y los sigue teniendo, alimentando artistas y dirigentes que no dejarán morir esta obra.
Allá por 1966, poco después de iniciada la patriada, Pedro Iribarne hablaba de las razones de la persistencia. Tal vez ya percibía que no iba a ser fácil. Tal vez intuía que mirar el río también puede ser ahogarse si nadie intenta cruzarlo.
El faro cultural de la llanura pampeana que representa este pueblo, por mérito propio de la Peña, se construyó con hechos y acciones en defensa de una regionalidad auténtica, sin fisuras ni negocios, defendiendo y respetando, como nadie, una identidad que hoy es valorada y enriquecida por quienes nos visitan y que, muchas veces, nos ayuda también a comprendernos a nosotros mismos.
Ese puñado de personas, de antes y de ahora, que integra la Peña Nativista de Coronel Dorrego, no se parece a nada. Es un todo costumbrista. No es un club, no es solamente un grupo de amigos. Saben que construyen y sostienen, todos los días, algo que ya no les pertenece únicamente a ellos, sino a todo el pueblo. También conocen la enorme responsabilidad que les cabe como intransigentes e incorruptibles guardianes de un patrimonio que trasciende la simple organización de una fiesta y la preservación de una tradición.
Por eso nos identifica esa simbiosis entre la pampa y la puerta del pueblo. Por la fiesta, pero también por todos los días del año en que la Peña vive. Por los que tocaron y cantaron; por los que escribieron; por los que trabajaron sin ceder; por los que cocinaron y cabalgaron; por los que pintaron y tejieron; por los que cincelaron y desfilaron; por los bailarines y las danzas; por los que están y por los que estuvieron; por esos silencios compartidos que solo aquí se disfrutan; por las destrezas; por la gratitud de los visitantes; por los premios, pero también por los tropiezos.
Por todo eso, Dorrego fue, es y será tradición, cultura e identidad de la mano de la Peña. La nuestra. La del pago. La de los de adentro, pero también la de todos aquellos que la sentimos como propia.
No se trata de ganar nada. Ellos lo saben desde siempre. Se trata únicamente de respetar una idea, de sostener una tarea que para muchos puede parecer una anomalía de estos tiempos, pero que para la Peña forma parte de su esencia y de sus genes.
No cambiar no significa quedarse inmóvil. Significa estar siempre. Estar siempre naciendo, cada año, cada día.
Gracias, Peña, por existir… Y, además, en mi pueblo. (27-07-26).

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