sábado, 18 de julio de 2026

El silencio que más dolió no fue el de la radio


 

Por Pablo Javier Marcó


Nuestra radio tiene más de cincuenta años de historia. Desde hace casi veinte, un grupo de sus trabajadores asumió el desafío de sostenerla cuando su continuidad era incierta. Fui parte de ese proceso y lo hice con una profunda convicción: una radio no es solamente un medio de comunicación.

Es mucho más que eso. Es compañía, información, memoria y un espacio de encuentro comunitario.

Una radio no se construye solamente con equipos, antenas y tecnología. Se edifica con tiempo, con compromiso y con el vínculo que se genera todos los días con quienes están del otro lado del parlante. Durante décadas, esta radio estuvo presente en la vida de los vecinos, acompañando sus alegrías, sus preocupaciones, sus necesidades y los momentos más importantes de la ciudad.

Sostenerla durante estos últimos casi veinte años no fue una tarea sencilla. Como tantos medios del interior, atravesamos una realidad compleja: costos que aumentan permanentemente, inversiones necesarias para mantener equipos e infraestructura, obligaciones que crecen y un mercado publicitario cada vez más reducido.

Detrás de cada transmisión hay horas de trabajo que muchas veces no se ven, decisiones difíciles y la voluntad férrea y permanente de seguir adelante aun cuando el contexto no sea favorable.

Pero seguimos.

Porque sabemos que, para muchísimos vecinos, la radio continúa ocupando un lugar fundamental. Porque hay personas que se informan a través de ella, que la escuchan mientras trabajan, mientras manejan, mientras realizan sus actividades cotidianas o simplemente cuando necesitan sentir una voz conocida acompañándolos.

En una época donde parece que todo pasa por las redes sociales, la radio mantiene algo que ninguna plataforma puede reemplazar completamente: la cercanía. La posibilidad de acompañar. La sensación de que detrás de una voz hay personas compartiendo una misma realidad.

Esta semana sufrimos un inconveniente técnico que nos dejó fuera del aire durante casi tres días. Fue una situación inesperada, como puede ocurrir en cualquier medio de comunicación.

Mientras trabajábamos para resolverlo, comenzaron a llegar mensajes y llamados de nuestros oyentes. Querían saber qué había ocurrido. Preguntaban si necesitábamos algo. Esperaban que volviéramos al aire.

Ese gesto espontáneo volvió a demostrarme algo que conocemos desde hace años: esta radio sigue formando parte de la vida de muchas personas.

Pero hubo otro silencio que me llamó profundamente la atención. O no, si tenemos en cuenta todo aquello que Dorrego fue perdiendo a lo largo del tiempo, incluso en tiempos recientes, frente a la pasmosa pasividad de quienes tenían herramientas para impedirlo.
Con muy pocas y valorables excepciones, no recibí consultas ni mensajes de quienes tienen responsabilidades públicas en nuestra comunidad.

Y cuesta creer que haya sido por desconocimiento.

Vivimos una época en la que buena parte de la actividad pública transcurre en las redes sociales. Muchos dirigentes están permanentemente atentos a lo que allí ocurre. Como si fuera lo único que (les) importa. Precisamente por ese mismo medio informamos, casi en tiempo real, sobre el inconveniente técnico que nos había dejado fuera del aire.

La información estaba allí.

Por eso la sorpresa fue mayor.

No porque esperara soluciones mágicas ni porque creyera que alguien debía hacerse cargo de un problema que corresponde resolver a quienes sostenemos esta radio. No es ese el planteo.

Quiero dejarlo claro: esta reflexión no tiene un sentido económico ni material. No esperaba que nadie resolviera el inconveniente ni que aparecieran recursos para reparar la falla.

Después de casi veinte años sosteniendo esta radio, conocemos nuestras responsabilidades y asumimos diariamente el compromiso de mantenerla funcionando.

Lo que esperaba era algo mucho más simple: sentirnos acompañados.

Una llamada. Un mensaje. Una pregunta. Saber si estábamos bien. Saber si el problema era importante o si necesitábamos alguna gestión, algún contacto o simplemente una palabra de apoyo.

A veces, un gesto sencillo tiene un valor enorme. En poblaciones como la nuestra, demuestra interés, sensibilidad y comprensión sobre el lugar que ocupa un medio de comunicación dentro de una comunidad.

La radio (la nuestra) no es solamente una cooperativa de trabajadores.

Es parte de la historia de la ciudad, del distrito. El espacio donde muchas instituciones, las autoridades municipales, los políticos del oficialismo y la oposición, encuentran una forma de comunicarse con los vecinos. Es el lugar donde se difunden campañas solidarias, donde se informan situaciones importantes y donde muchas personas encuentran una voz conocida que las acompaña todos los días.

Por eso duele tanto esa indiferencia.

Insisto: no porque esperara beneficios. Ni porque creyera que alguien debía resolver nuestros problemas. Dolió porque un medio con más de medio siglo de historia, la única radio AM de Dorrego, sostenida durante casi veinte años por el esfuerzo de sus propios trabajadores, pareció no despertar la preocupación de buena parte de quienes tienen la responsabilidad de estar cerca de las inquietudes de los vecinos.

Afortunadamente, la radio volvió al aire, aunque seguimos en etapa de pruebas para saber con certeza cuál fue el problema y evitar que vuelva a suceder.

Y volvió a quedar demostrado algo que nos llena de orgullo: el vínculo con nuestros oyentes sigue intacto. Ellos fueron quienes primero preguntaron qué pasaba. Ellos fueron quienes se preocuparon. Ellos fueron quienes nos recordaron por qué vale la pena seguir haciendo este esfuerzo.

Quizás, si de algo sirvió este episodio, fue para algo que también tiene un enorme valor: saber con quién contar cuando aparecen las dificultades.

Para reconocer a quienes estuvieron cerca, a quienes se interesaron y a quienes entendieron que detrás de una radio hay personas haciendo un esfuerzo enorme para sostener una voz que pertenece a todos.

Y también, aunque duela, para saber con quién no contar frente a las adversidades.

Los equipos pueden fallar. Las antenas pueden dejar de transmitir por minutos, horas o hasta días, como este último caso. Las dificultades técnicas tienen solución.

Lo que resulta mucho más difícil de reparar es la indiferencia.

Y ese fue, sin dudas, el silencio que más dolió.

Esta nota expresa exclusivamente mi opinión personal. La firmo como autor de estas palabras y todo lo aquí expresado corre por mi exclusiva cuenta, sin atribuir estas consideraciones a otras personas que integran la radio ni a la institución en su conjunto.

18-07-26

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