Nota de Gabriela Figueroa en Tiempo Argentino
“Lo viejo funciona, Juan”. La frase, mítica a esta
altura, a cargo del «Tano» Favalli en El Eternauta, está lejos de ser solo
ficción. Si mañana la electricidad dejara de funcionar y ocurriera un apagón
total, como sucedió en España hace unas semanas o en Argentina y Uruguay en
2019, hay un grupo de personas que podría garantizar la comunicación en medio
de la crisis: los radioaficionados. Y no son pocos.
En el mundo existen más de 3 millones y en Argentina,
unos 15 mil. Su actividad está reglamentada por el Ente Nacional de
Comunicaciones (Enacom), ante el cual rinden un examen cuya aprobación le
otorga derecho a una licencia. Enacom le concede a cada radioaficionado un
tramo de frecuencia radial, un fragmento invisible de banda que genera lazos,
amistades, rondas de charla, padrinazgos radioeléctricos y una infinidad de
posibilidades, incluso ante un escenario de emergencia o catástrofe. Y sobre
todo: borra fronteras.
“Los servicios de los radioaficionados están
destinados al aprendizaje de la radiocomunicación, intercomunicación y estudios
técnicos por parte de aficionados sin fines de lucro, que tienen ganas y
curiosidad y se dedican, entonces, a estudiar y a poner en práctica esta
comunicación”, detalla a Tiempo Juan Ignacio Recabeitia, presidente de Radio
Club Argentino.
Se acercó a la temática cuando incursionó en el montañismo y se dio cuenta que necesitaba estar conectado en lugares donde no había nada: “hay personas que les
gusta charlar y comunicarse con la radio en su casa. A determinada hora salen a transmitir y se encuentran con otros amigos que hacen lo mismo. Se arman como charlas de café o de chat pero al aire, a esto se le llaman ‘las ruedas’”. Hay radioaficionados que se interesan más en la parte técnica o que disfrutan el armado de concursos que implican “lograr contactarse con la mayor cantidad posible de otras estaciones en un tiempo acotado”.Rebote lunar
Según detalla Recabeitia, los radioaficionados están
en condiciones de armar estaciones de campaña ante una emergencia: “este año en
El Bolsón, un grupo de radioaficionados salió de su casa con sus equipos y
montó una estación móvil para dar apoyo a los bomberos, pero hay que prepararse
para ese tipo de actividad”. Desde Radio Club Argentina se propicia el montaje
en las estaciones ferroviarias.
“Con la excusa de que vamos a transmitir desde ahí se
monta una estación de campaña y además es un lugar de encuentro, del asadito.
Esto también tiene una faceta social”, comenta.
Están quienes, con un equipo mínimo, hacen
expediciones en solitario y transmiten desde picos de montañas o islas
desiertas: “hacer ese minimalismo lleva a perfeccionarse en las habilidades
operativas, a investigar, y es una preparación por si en algún momento es
necesario un apoyo de comunicación a la sociedad”.
Pero no solo puede variar el lugar desde cual se
transmite, sino también la técnica: “hay gente que hace actividades del tipo
rebote lunar; o sea, que usan la luna como espejo para que rebote la onda de
radio. Otros hacen lo mismo con la lluvia de meteoritos, transmiten contra
éstos, rebota la señal y va hacia otro lugar”. Hoy existe gran cantidad de
satélites disponibles para el uso de los radioaficionados: “funcionan como una
estación repetidora, le hablás al satélite y éste retransmite y eso te permite
comunicarte con alguien que está en un lugar que de otra manera no podrías
hacerlo”.
La nieve verdadera
Juan Carlos Benavente es radioaficionado y docente en
la Universidad Nacional de Quilmes. A sus estudiantes les dice que la radio no
se agota en AM y FM sino que la radioafición es todo un mundo. Su primera
transmisión la hizo en 2013 desde la Antártida ya que pertenece al Comando
Antártico: “el concepto de radioaficionado está desactualizado, se piensa que
es una actividad individual pero es profundamente social. La radioafición
mantiene el espíritu de la experimentación tecnológica que movió a ‘los locos de
la azotea’ en 1920 a inaugurar la radiofonía argentina, pero también el goce en
la comunicación”.
Benavente dice que no conoce en persona a la mayoría
con los cuales conversa en sus transmisiones. Sin embargo, forjó amistades:
“fui a Bariloche con mi familia, y los radioaficionados siempre vamos con un
handy, nos conectamos a alguna repetidora de VHS y ahí contacté con otros que
me escuchaban cuando estaba en la Antártida y varios me invitaron a sus casas”.
Durante su última estadía en el continente blanco,
tuvo el gusto de ser el padrino radioeléctrico de una niña de 10 años,
Florencia, de Alta Gracia, Córdoba: “es muy emotivo hacer contactos con niños y
sus familias. Ser el primero te convierte en padrino radioeléctrico, y desde
Antártida le otorgamos un diploma. Estaba muy contenta”.
La serie los volvió a escena
Juan Carlos Benavente dice que, contra todo prejuicio,
la radioafición se encuentra actualizada con la última tecnología. Si bien
puede funcionar, como en la serie El Eternauta, con una batería, cables y
antena, en la actualidad también se utilizan las computadoras y diversos
programas: “me puso muy feliz que se haya abordado la práctica de la radio en
la serie, me gustó que el protagonista incluso se haya subido al techo para
orientar la antena a Brasil para poder comunicarse con otro».
También le recordó a la pandemia: “en ese momento el
Ejército instaló un repetidor de VHS en la torre del Parque de la Ciudad que
tiene 200 metros de altura». Destaca la importancia que la serie le reconoce a
la radioafición: “con la nevada mortal no había electricidad ni telefonía y con
el equipo de radio vos podés comunicarte. Es exactamente lo que ocurre durante
situaciones de emergencia o catástrofe”.

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