POR CÉSAR MC COUBREY
No es fácil ponerme a escribir sobre alguien que quise y se fue. Alguien al que no veré más; alguien que fue importante en mi vida y con quien compartí muchos momentos, sabiendo que el afecto era mutuo.
Y como todo en la vida es pasado, de ese pasado rescato algunos momentos compartidos con Juan Antonio “Bocha” Migo.
Por haber actuado con celeridad, conocimientos profesionales y comandando a un equipo médico que permitió que el 8 de septiembre de 1982 naciera mi hijo Pablo, cuando una inesperada urgencia puso en peligro las vidas tanto de él como la de Maricel, mi eterno agradecimiento.
Así te lo manifesté muchas veces y la respuesta fue siempre igual: “hice lo que debía hacer”. El haber compartido aquel inolvidable viaje a Bariloche en el 89 para recorrer de “mochileros” un circuito del Catedral junto a Oscar, Martín, Alvarito, Matías, Juanito, Alejandro y Juan Horacio, forma parte de mis recuerdos más entrañables; si le sumo cumpleaños, bautismos, fiestas escolares, charlas futboleras, chistes y los habituales saludos callejeros es tener por siempre presente a Bocha pleno.
Después llegó tu ACV, una bisagra en tu vida y en la de tu familia, tus amigos y tus pacientes, sus secuelas, tu permanente lucha por seguir viviendo, tu recuperación, tu optimismo de siempre con el clásico “estoy bien”.
Luego, tu último viaje a Dorrego para compartir el festejo de mis 70 años demostrándome, una vez más, tu franca amistad.
Y llegó nuestro último encuentro, el del año pasado en La Plata, donde con Maricel fuimos muy felices y vivimos una tarde/noche inolvidable, recordando “cosas del pueblo”.
Esa imagen es la que evocaré cada vez que me acuerde de vos. Imposible mencionarte sin Graciela a tu lado, una mujer con mayúsculas que supo rearmar la vida juntos con valor y fortaleza.
No te despido, solo repito lo que alguien dijo una vez: Bocha… “en otro plano nos vamos a encontrar”.

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